Debido al bajo nivel de glucosa en sangre, el cerebro no consigue toda la energía que necesita. Este es el motivo por el que los dolores de cabeza también pueden ir acompañados de fatiga, irritabilidad y mal humor.
Nuestro cerebro es muy goloso. Cada día, este órgano consume alrededor de 110 y 140 gramos de azúcar y los transforma en pensamientos, sensaciones y emociones. Aunque, además de goloso, nuestro cerebro también es muy exigente con los horarios de alimentación. Cuando no comemos durante un tiempo, este órgano manda señales de auxilio que activan a todo el organismo para que le proporcionen azúcar. La sensación es desagradable, como que “el cuerpo se está devorando a sí mismo” y viene acompañado de dolor de estómago y malestar generalizado. El hambre, cuando llega, arrasa con todo ya que al cerebro no le gustan las dietas.
Por ello, quien haya pasado hambre recordará que suele venir asociado a dolor de cabeza y a una sensación de neblina mental. La principal razón es que, debido al bajo nivel de glucosa en sangre, el cerebro no consigue toda la energía que necesita. Sin esos 110-140 gramos de glucosa diarios, nuestro cerebro se ve forzado a cambiar su fuente de energía, y esto no le suele gustar. Este es el motivo por el que los dolores de cabeza también pueden ir acompañados de fatiga, irritabilidad y mal humor. Es lo que en inglés se conoce como ‘hangry’, fusión de ‘hungry’ y ‘angry’. Que en castellano se podría traducir como ‘irritambre’.
Estas sensaciones son producto de un baile hormonal coordinado por la ghrelina. Esta hormona, conocida convenientemente como “la hormona del hambre”, actúa sobre el hipotálamo y activa ciertas regiones relacionadas con el aumento del apetito. Debido a esta activación, el cerebro segrega sustancias como el neuropéptido Y, que prepara el cuerpo para comer. Además, también se producen hormonas del estrés como el cortisol o la adrenalina, que pueden hacer que nos pongamos nerviosos y que las sensaciones de malestar aumenten. Todo esto para movilizar al cuerpo para que busque alimento porque el cerebro quiere su azúcar.
El papel del azúcar
Durante las primeras 24 a 48 horas el organismo moviliza sus reservas para mantener estables los niveles de glucosa en la sangre. Para ello se vale del glucógeno, una molécula que compacta químicamente azúcar en el hígado y los músculos. Al romperse, el glucógeno libera glucosa a la sangre, calma momentáneamente las ansias del cerebro y le permite seguir funcionando con normalidad. Según se van agotando estas reservas, el resto de los órganos que también consumían glucosa dejan de hacerlo. El cerebro tiene la prioridad absoluta del azúcar y así sigue hasta que ya no hay de dónde extraer más.
El azúcar es la principal fuente de energía cerebral por su disponibilidad, ya que las células (y entre ellas las neuronas) están especializadas en romper sus enlaces químicos para obtener energía.
Cuando se agotan las reservas de glucógeno, el metabolismo del cuerpo pasa a depender principalmente de la lipólisis. Es decir, comienza a recurrir a las reservas de grasa que se encuentran repartidas por todo el organismo. Debido a la acción de unas enzimas especiales, llamadas lipasas, nuestro metabolismo comienza a descomponer los triglicéridos, que es el nombre científico de las grasas corporales, en glicerina y ácidos grasos. Y además se saca de la manga un truco metabólico.
Parte de los ácidos grasos que se liberan durante la lipólisis se emplean directamente como fuente de energía por la mayoría de los órganos, pero otra parte viajará al hígado para que este los convierta en unas moléculas llamadas cuerpos cetónicos. Entre ellos se encuentran la acetona, el acetoacetato y el beta-hidroxibutirato, unas moléculas que pasarán a ser el principal combustible del cerebro cuando la glucosa escasea.
Un cerebro con un cambio de dieta
En biología los cambios suelen ser paulatinos. El cuerpo no es que cambie de golpe de consumir glucosa a grasas, sino que su metabolismo va variando lentamente. Según cálculos realizados a partir de estudios metabólicos, al tercer día sin comer, en torno al 70 % del alimento del cerebro sigue siendo glucosa. Al cuarto día ese porcentaje se reduce a un 40 %. Es decir, de los 110–140 g de glucosa diarios solamente consumiría 50. El resto de la energía la obtiene a partir de los cuerpos cetónicos.
¿Y cómo puede seguir consumiendo glucosa si ya se han agotado las reservas? Existen tres vías distintas con las que el cuerpo es capaz de generar azúcar a partir de otros componentes. Como en el cuerpo no se tira nada, lo primero que aprovecha es el glicerol, que transforma en glucosa. Después, mediante un proceso conocido como gluconeogénesis crea nueva glucosa a partir de los ácidos grasos y, finalmente, por cada gramo de azúcar extra que no puede fabricar mediante ninguno de estos dos procesos, el cuerpo destruye 2 o 3 gramos de proteína muscular.
Así, en una persona promedio de 75 kg se estima que hay en torno a 15 o 20 kg de grasa, por lo que el cerebro puede seguir obteniendo energía durante entre 50 y 100 días más, dependiendo de las condiciones externas. Así, mediante los cuerpos cetónicos y otros trucos metabólicos, el cerebro puede seguir obteniendo su alimento y seguir funcionando cuando la comida escasea. Una estrategia evolutiva que ha permitido a nuestra especie sobrevivir a periodos de escasez durante miles de generaciones.



