Con la llegada de la temporada invernal es necesario recordar las medidas clave para prevenir esta infección respiratoria: higiene de manos, dejar de fumar y la vacunación.
Cada año, millones de personas en todo el mundo contraen neumonía, una enfermedad del sistema respiratorio que ocasiona inflamación y daño del tejido pulmonar. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2015 fue la tercera causa de mortalidad global junto a la gripe. Sin embargo, existen medidas preventivas eficaces que permiten reducir significativamente el riesgo de padecerla.
La enfermedad se produce cuando los alvéolos –los pequeños sacos donde se realiza el intercambio de gases en los pulmones– se inflaman y se llenan de líquido o pus, lo que dificulta la obtención del oxígeno y, en consecuencia, la respiración. Especialistas advierten que se trata de una infección muy frecuente, aunque no todas las personas tienen el mismo riesgo de desarrollarla.
Factores como la edad (más frecuente en mayores y niños pequeños), los hábitos poco saludables (como el tabaquismo o el consumo excesivo de alcohol), las enfermedades crónicas o un sistema inmunitario debilitado aumentan tanto la probabilidad de contraerla como la gravedad que puede alcanzar.
Síntomas: de la fiebre a la dificultad respiratoria
La neumonía suele estar causada por bacterias o virus respiratorios que infectan el pulmón, siendo el neumococo (Streptococcus pneumoniae) la principal bacteria responsable. Los síntomas más habituales son fiebre, tos, dolor torácico, falta de apetito, sensación de falta de aire y malestar general; en algunos casos también puede haber náuseas, vómitos o diarrea.
La evolución varía según el paciente. En personas sanas y de bajo riesgo puede ser leve, pero en otros casos deriva en complicaciones graves como insuficiencia respiratoria o infecciones generalizadas. Los síntomas pueden manifestarse de forma súbita, en pocas horas, o de manera progresiva a lo largo de dos o tres días. En personas mayores, los síntomas pueden ser menos evidentes y presentarse de forma atípica, como confusión, pérdida de apetito o incontinencia urinaria.
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico se basa en la valoración clínica del paciente y en pruebas complementarias. La radiografía de tórax es la herramienta principal para confirmar la infección pulmonar. En casos más complejos se recurre a una tomografía computarizada (TC), que ofrece una imagen más detallada del estado de los pulmones.
También son habituales la analítica de sangre, la medición de la saturación de oxígeno y las pruebas microbiológicas, que permiten identificar el microorganismo causante. Con este diagnóstico, el médico determina el tratamiento y decide si la persona se puede recuperar desde casa o debe ser ingresada.
Medidas básicas de prevención
Aunque no siempre se pueda evitar, existen medidas sencillas para reducir el riesgo. La principal es la vacunación frente a la gripe y el neumococo, que suele recomendarse, sobre todo, a personas mayores o con enfermedades crónicas.
Por otro lado, es fundamental mantener hábitos saludables: evitar el tabaco y el consumo excesivo de alcohol, llevar una dieta equilibrada, evitar el contacto con pacientes enfermos y mantener una buena higiene, tanto de manos como bucal, contribuyen a disminuir las probabilidades de contraerla.
Además, en personas con síntomas respiratorios como tos productiva, el uso de barbijo puede ayudar a reducir la transmisión de la infección.
Por último, ante síntomas como fiebre persistente o dificultad para respirar, conviene acudir al médico cuanto antes para obtener un diagnóstico precoz y evitar complicaciones.



