«Antes te decían que estabas gorda y ahora que estás inflamada». Se abre el debate sobre los peligros del culto al cuerpo y la mirada ultraconservadora que hay detrás del retorno a ese ideal de belleza.

La actriz Demi Moore y otras personalidades del mundo del cine posan en la alfombra roja de los Oscars, en Los Ángeles, el pasado 15 de marzo.

La directora y guionista Chloé Wallace abrió un debate en redes sociales hace unos días: en un mensaje en Instagram tras la gala de los Oscars, expresaba su “rabia” por el retorno de la delgadez extrema como ideal de belleza. “Cada alfombra roja, cada evento, cada vez que abro Instagram, ahí están, más delgadas que la semana pasada (…), más y más, como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”, planteaba. Era el elefante en la habitación. “Antes era no comer, contar, restringir. Ahora es una inyección semanal que suprime el hambre. Es la vuelta de la delgadez como capital. No es estética, es política. Y lo más perverso es que viene disfrazado de salud, de bienestar”, advertía.

Wallace fue al hueso. Su mensaje se viralizó de inmediato: 72.000 me gusta; más de un millar de comentarios; 12.000 veces compartido. La directora había gritado lo que otras voces expertas llevan también tiempo advirtiendo y el algoritmo alimenta constantemente: la vuelta de aquel modelo heroin chic de delgadez extrema de los noventa, pero magnificado hoy por las redes sociales y revestido con una peligrosa pátina de supuesta salud y bienestar.

“Habíamos tenido una época de body neutral, donde el cuerpo no se miraba tanto desde la estética y estábamos más tranquilas. Pero ahora hemos vuelto otra vez a esos finales de los noventa del heroin chic. La extrema delgadez está volviendo y nos la están envolviendo en salud”, advierte contundente la nutricionista Azahara Nieto. Es lo de siempre, pero con nuevas variables que acrecientan el fenómeno: el bombardeo en redes sociales y presión estética camuflada de autocuidado. “El heroin chic de los noventa era explícitamente estético, incluso transgresor. Hoy es más sofisticado: se presenta como bienestar, disciplina u optimización del cuerpo. La diferencia clave es que ahora está medicalizado y legitimado. Se apoya en discursos de salud, datos biométricos y, en algunos casos, intervenciones farmacológicas. Esto lo hace más difícil de detectar y cuestionar”, señala Violeta Moizé, dietista y nutricionista del Hospital Clínic de Barcelona.

De izq. a dacha.: Lily Collins, Demi Moore y Ariana Grande, en recienres alfombras rojas.

El culto al control del cuerpo ha vuelto y las redes sociales son altavoz y gasolina. Magnifican el mensaje y también las comparaciones. Lo que las convierte en “un disparador, un factor de riesgo” para el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y problemas con la percepción corporal, explican las expertas consultadas. “Recuperarse de un TCA y tener una buena relación con la comida en una sociedad que premia la delgadez extrema es muy complicado”, subraya Nieto, que es también colaboradora en EL PAÍS y fundadora de la consulta online Se come como se vive.

La filósofa Magdalena Piñeyro, activista y autora de Stop Gordofobia y las panzas subversas, considera que ese “renacer del modelo de cuerpo delgado” es un contraataque que se está “fomentando desde los medios de comunicación, la cultura, las pasarelas…”. “Es una respuesta a todo el movimiento antigordofóbico y body positive que había avanzado muchísimo en la última década en derechos y aceptación de la diversidad corporal”, anota.

Para Piñeyro, “la excusa de la salud” no es nueva —“Siempre se ha relacionado delgadez con belleza y salud”, arguye—, pero Nieto sí otorga importancia en todo este resurgimiento de la extrema delgadez como ideal de belleza a la entrada en escena de fármacos antiobesidad como el Ozempic: “Los medicamentos pueden ser una ayuda y una herramienta, pero no se están vendiendo desde la salud. Hay una venta estética”, critica.

El “efecto Ozempic” en la ola de delgadez

Estos tratamientos, que imitan el efecto de las hormonas que de forma natural generan la sensación de saciedad y ayudan a perder entre el 15% y el 25% del peso del paciente, han revolucionado el tratamiento de la obesidad. Pero también se han convertido en una herramienta peligrosa en las manos equivocadas y sin supervisión médica. “Se están comercializando como si fuesen inocuos”, critica Nieto.

Estos fármacos, escribe la nutricionista, se han convertido en “una panacea aspiracional de la delgadez”. Y el comportamiento de la industria para posicionarlos cada vez más como un bien de consumo lo atestigua. Un ejemplo fue la campaña protagonizada por la tenista Serena Williams para promocionar estos medicamentos. Ella dijo que los había usado tras un embarazo para volver a su peso anterior, pero no se aclaraba que tuviese ningún tipo de problema de salud, lo que desplaza la mirada a un escenario estético que alienta la estandarización de los cuerpos y dispara a la esencia de la diversidad corporal.

Andreea Ciudin, jefa de la Unidad de Tratamiento Integral de la Obesidad del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, admite que ya están viendo “una trivialización” de estos fármacos para la obesidad, dejando de lado la complejidad de la dolencia y el riesgo de efectos secundarios. La endocrinóloga alerta de la prescripción masiva sin valoración previa ni seguimiento posterior y sin conocimiento sobre cómo se hace la escalada de dosis: “Hay quien empieza con una dosis muy alta y se genera una restricción de la ingesta tan elevada que puede provocar malnutrición”.

Con las patentes empezando a decaer y un abaratamiento de estos productos ya sobre el terreno, la médica teme que la venta libre atraiga muchos más riesgos. Empezando por los TCA. “Ya se juega con estos fármacos para perder peso. Las autoridades tendrían que controlar la prescripción porque se puede convertir en un problema de salud pública. Se banalizará la obesidad, se volverá a ver como algo estético y la gente se pondrá este tratamiento cuando no le toca solo para quitarse dos michelines”, avisa.

Los medicamentos antiobesidad espolean el relato que vincula delgadez y salud, pero también se ha construido toda una narrativa alrededor de la alimentación que favorece este mensaje. Por ejemplo, en forma de publicidad de nuevas dietas restrictivas, como el ayuno intermitente, o con un lenguaje evocador del bienestar: se habla de superalimentos, suplementos nutricionales, complementos vitamínicos, balance energético… “Antes te decían que estabas gorda, ahora te dicen que estás inflamada”, ejemplifica Nieto.

De fondo, permanece la idea del control del cuerpo. “Bajo el paraguas de la salud y del deporte, en la consulta vemos esa relación dicotómica donde vigilan lo que comen, lo que no, lo que está bien, lo que está mal… Es una conducta muy rígida. Lo del autocuidado está cargado de autoexigencia”, reflexiona Lucía Ugarte, psicóloga clínica y colaboradora de la consulta Se come como se vive.

Disciplina. Control. Wallace apuntaba que detrás de esta presión estética hacia la delgadez extrema hay también ideología. “La vuelta de la delgadez como capital, moneda de cambio, marcador de clase”, decía.

Fuente: El País.

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