Nuevos estudios revelan que esta hormona, aplicada junto a la quimioterapia o a la radioterapia, podrían volver a las células cancerígenas más sensibles a los tratamientos.
Cuando la luz del sol comienza a perder fuerza, una región de nuestro cerebro llamada glándula pineal empieza a trabajar. Esta glándula comienza a producir melatonina, una hormona que regula los ciclos circadianos de nuestro cuerpo y prepara al cuerpo para dormir. Sus niveles aumentan hasta medianoche, momento en el que alcanzan su cénit, y de ahí descienden hasta que llegan a los niveles normales.
Por ello, en casos de insomnio crónico o para aquellas personas que tienen un desfase del sueño, tomar una dosis de melatonina una o dos horas antes de acostarse puede ayudar a regular este ritmo circadiano y a conciliar el sueño. Es una pequeña ayuda externa para regular un proceso interno que se estaba comportando de manera extraña. Ahora bien, como casi cualquier componente que conforma un sistema biológico, la melatonina no tiene una única función. Aunque lo inesperado de esta hormona es que una de esas funciones secundarias podría ayudar complementando el tratamiento del cáncer cerebral. O al menos, así lo muestran varios estudios preliminares realizados en células de glioblastoma cultivadas en laboratorio.
Las investigaciones parten de otros resultados obtenidos con distintos tipos de células cancerígenas, como las de cáncer de mama, de cuello, y melanomas (cáncer de piel). En estos estudios se ha podido observar que, aplicada junto a la quimioterapia o a la radioterapia, podrían volver a las células cancerígenas más sensibles a los tratamientos.
Las otras funciones de la melatonina
Concretamente, se especula que la melatonina puede afectar al perfil oxidativo de las células no cancerígenas porque actúa como un antioxidante muy potente. En condiciones de laboratorio, esta hormona se deshace de las especies reactivas de oxígeno (ROS), que oxidan a los componentes celulares, incluyendo al ADN y los hacen funcionar de forma incorrecta. Además, también estimula la función de la mitocondria, lo que le da más energía a las células. Por ello, cuando hay melatonina presente, la célula está más protegida ante el daño oxidativo.
Pero en un ambiente tumoral, la melatonina tiene un efecto casi contrario. Inhibe una enzima llamada piruvato deshidrogenasa, que actúa como puente entre la glucólisis y el ciclo de Krebs. Es decir, impide que la célula tumoral pueda “respirar” para obtener energía. Esto se traduce en un mayor estrés oxidativo y una inhibición del crecimiento y la multiplicación de las células cancerosas.
Aunque, como hemos remarcado durante el artículo, estos estudios se han realizado en células en cultivo y condiciones controladas en un laboratorio. No existe ninguna evidencia que demuestre que la melatonina por sí sola sea capaz de reducir la masa tumoral de un glioblastoma. Ahora bien, que no exista evidencia todavía significa que hay que seguir investigando para comprobar cuál es el papel de la melatonina en el futuro del tratamiento contra el cáncer.
¿Qué se ha averiguado en 30 años de investigación?
Hasta la fecha se han realizado muy pocos estudios clínicos en los que se haya probado el efecto de la melatonina en pacientes. El primero de ellos, realizado en 1996, incluyó a 30 pacientes de glioblastoma sometidos a radioterapia a los que les dividió en dos grupos. Unos recibían un placebo y otros 20 mg de melatonina oral diaria. Tras un año, el porcentaje de supervivencia era mayor en los pacientes que recibían ambas terapias.
Posteriormente, en otro estudio de 1998 que incluía pacientes con varios tipos de cánceres, observaron que, aquellas personas que recibían 20 mg de melatonina oral y 1 ml de extracto de aloe vera dos veces al día también reportaban efectos positivos en su salud. Lamentablemente, ambos estudios se realizaron hace más de 25 años, y tenían limitaciones muy severas que dificultaba extrapolar que los resultados realmente fuesen relevantes para la clínica. Pero a raíz de estas investigaciones, otros experimentos en células y modelos animales han seguido desentrañando las funciones ocultas de la melatonina.
En varios experimentos con sendos agentes antitumorales han podido detectar que, además de lo que ya se conocía, la melatonina induce los mecanismos de suicidio celular en células tumorales, lo que se denomina apoptosis, e impide la proliferación, migración e invasión hacia otros tejidos. Por ello, se está estudiando la posibilidad de realizar estudios clínicos en combinación con temozolomida, nimotuzumab o albendazol.
Estas investigaciones permiten ir cerrando los agujeros que existen a la hora de comprender cómo funciona la melatonina en el ambiente tumoral y avanzar hacia el diseño de una estrategia para emplearla junto a los tratamientos actuales. En el glioblastoma, y en tantos otros cánceres, la posibilidad de contar con un mayor número de herramientas que suban poco a poco la eficacia de las intervenciones es siempre una buena noticia.



