La belleza contemporánea se ha reducido a dos mandatos: juventud y delgadez. Así como en los años 90 la cultura imperante era la cultura de la dieta, hoy se impone la tiranía de la piel. En las redes sociales y la publicidad proliferan las rutinas de ‘skincare’, el bótox y el ácido hialurónico para quitarse años de encima.

En los últimos años, psicólogos y nutricionistas han advertido del peligro de juzgar el cuerpo de alguien, aunque sea en clave de piropo. Hemos aprendido que conviene no opinar sobre el peso o el aspecto de otros. No sabemos qué historia esconden esos kilos de más o de menos, ni qué circunstancias los explican. Hacer comentarios sobre la edad, sin embargo, sigue siendo aceptado, y considerar a alguien más joven es un halago. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de este culto a la juventud?

“La juventud se ha convertido en la chispa de la vida, el ideal, el paradigma a mantener, y mientras el marco mental sea ese, nos sentiremos fatal”, explica Anna Freixas, escritora y autora de Yo, vieja (Capitán Swing). “Tú no le dirás a alguien: ‘¡Qué bebé te veo!’. Es absurdo. Pues lo mismo con la juventud. Fui bebé, fui joven y ahora soy vieja. Eres joven cuando eres joven y ya no eres joven cuando ya no lo eres”, añade Freixas, que es además doctora en psicología y profesora universitaria.

La belleza contemporánea se ha reducido a dos mandatos: juventud y delgadez. Así como en los años 90 la cultura imperante era la cultura de la dieta, hoy se impone la tiranía de la piel. Hay una industria cosmética trabajando para que no tengamos ni una arruga. En las redes sociales y la publicidad, todo son rutinas de cuidado de la piel (skincare), cremas antiarrugas, bótox, ácido hialurónico, sérums y un largo etcétera. Cualquier veneno es aceptado para quitarse de encima algún año que se considera que está de más.

Este rechazo a la edad no solamente contribuye a la soledad y a la exclusión social de las personas mayores, sino que también daña la autoestima de generaciones cada vez más jóvenes, provocando problemas de salud mental. “Cuidar la piel tiene que ser compatible con cuidar la salud mental”, promueven desde la Fundación Grandes Amigos, que el verano pasado impulsó una campaña y recogida de firmas para cambiar este lenguaje dañino de la industria cosmética. Antiedad es simplemente un oxímoron: un término que niega el otro. Si hay edad, hay vida. De lo contrario, hablamos de muerte. O en palabras de Simone de Beauvoir: “Morir prematuramente o envejecer: no hay alternativa”.

“La apariencia física es fruto de un tinglado capitalista. Todo está pensado para que pueda parecer que el tiempo no pasa por tu vida. Pero eso es mentira. El edadismo está profundamente arraigado en el sistema patriarcal, pero no somos tan conscientes como del sexismo. Así como en los últimos años nos hemos puesto unas gafas violetas para detectar el sexismo, tenemos que ponernos las gafas grises para detectar conductas edadistas: infantilizar a la gente mayor; hablarles como a los niños; no tener en cuenta su opinión, ni sus decisiones, ni su privacidad; etc. En definitiva, cualquier conducta que no dignifique la vida de las viejas”, apunta Freixas.

Soñar la vejez

“Aspiramos a parecer eternamente jóvenes porque cuando te dicen que estás muy bien para tu edad, te están diciendo que pareces vital, que pareces saludable, que tienes energía. Hasta que logremos desmontar esa asociación entre la edad y estas características, va a ser muy difícil que la gente no siga sintiendo este halago”, explica la médica Vânia de la Fuente, que fue durante casi un lustro responsable de la campaña contra el edadismo de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“Estamos dejando de lado toda una etapa de la vida. Una etapa cada vez más larga, por cierto. La gente ni siquiera se la imagina, ni la planifica, ni la sueña. No deberíamos dejar que sea la sociedad la que defina nuestra vejez, sino que deberíamos definirla nosotros mismos. La gente se precipita en la vejez porque ha rechazado pensar en ella. A menudo definimos esta etapa por lo que no es, en vez de por lo que es. Es hora de que empecemos a definirla también por lo que es”, añade de la Fuente, que es autora del libro La trampa de la edad (Ediciones B).

No imaginar la vejez puede tener consecuencias más graves de lo que imaginamos. Un estudio en Estados Unidos ha mostrado que las personas con percepciones más positivas acerca del envejecimiento viven de promedio 7,5 años más que aquellas con actitudes más negativas. “Si una persona piensa que a cierta edad se tiene menos energía, acabará haciendo menos ejercicio físico; si cree que es una etapa de decaimiento y enfermedad, actuará en función de eso”, añade de la Fuente.

Pero, ojo. Queremos parecer jóvenes, pero no serlo. El edadismo también afecta a la juventud. “La juventud se idealiza, pero eso luego no se materializa en un buen trato a la gente joven, que vive situaciones discriminatorias para acceder a un empleo digno o a una vivienda. La juventud sufre también discriminación y menor estatus, como la vejez. Y el grupo de edad que ostenta el mayor estatus y poder hoy en día es la mediana edad”, explica de la Fuente.

Los coletazos de la edad

El lenguaje también crea realidades. Más allá de las cremas antiedad, antiarrugas o de rejuvenecimiento ―es decir, más allá del lenguaje de la industria de la cosmética―, lo que decimos en nuestro día a día nos condiciona. Para sentirnos cómodos con el paso del tiempo, además de soñar la vejez, tendríamos que eliminar todas esas coletillas que condenan el paso del tiempo: “Estás muy bien para tu edad”; “te veo genial pese a tu edad”; “no aparentas tu edad”; “te conservas muy bien para tus años”; “pareces más joven”; “qué joven te veo”. Digamos simplemente: “te veo bien”; “qué bien estás”; “estás estupenda”.

¿Cuántos amigos tienes que sean 15 años más jóvenes o mayores que tú? Las expertas sostienen que mantener un círculo íntimo con algunas personas que tengan 15 años más que uno mismo o 15 menos es altamente recomendable y nutritivo para afrontar las distintas etapas de la vida. “Te dicen que la menopausia es el peor momento, y muchas amigas mías decían justo lo contrario: es una etapa liberadora en la que las mujeres hacemos y decimos lo que nos da la gana, porque ya no estamos bajo el régimen del patriarcado”, apunta Freixas.

Tampoco se trata de idealizar la vejez (ni la menopausia), sino de quitarle esas etiquetas que le asociamos automáticamente. Mayor fragilidad, dependencia, enfermedad, fealdad. Cuantas más personas conozcamos de diferentes edades, más probable es que veamos al individuo y no la idea estigmatizada que tenemos de la vejez.

¿Y si todo este temor a la vejez no fuera por no sentirse bello, sino por el miedo a morir? “Una de las teorías que explican el edadismo hacia las personas mayores es la teoría del manejo del terror”, explica de la Fuente. “Pero la enfermedad y la muerte pueden llegar a cualquier edad. El culto a la juventud y a la belleza, al parecer joven, y el terror a la muerte son dos caras de la misma moneda. La muerte continúa siendo un tema tabú, algo muy escondido a nivel social. Tenemos que devolver la muerte a la vida”, añade.

¿La arruga sigue siendo bella?

Han pasado más de 40 años del eslogan de Adolfo Domínguez que marcó un hito contra el edadismo: “La arruga es bella”. Aunque en su origen no buscaba reivindicar la vejez, sino reivindicar la belleza de los tejidos naturales, especialmente el lino, que se arruga con facilidad. Lo interesante es que el lema acabó trascendiendo la ropa y entrando en el lenguaje cotidiano para convertirse en una metáfora sobre la belleza de lo imperfecto y de la edad.

¿Qué sigamos reivindicando un eslogan de hace cuarenta años –que además estaba pensado para la ropa en vez de para la edad– demuestra que no hemos avanzado lo suficiente en este terreno? En el ensayo Dame veneno que quiero vivir. Skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino, la escritora Leticia Sala recoge el testimonio de algunas pensadoras feministas. Para Susan Sontag, a medida que pasan los años, la mujer empieza a esconder su edad por miedo a perder “el derecho a ser vista”. Simone de Beauvoir comparte que la sociedad se niega a entender la vejez. Y la misma Sala concluye que tiene más deseos y preguntas que certezas y respuestas. Mientras nos invade la duda y se abre paso la reflexión, soñemos con un futuro donde decir simplemente ‘qué bien te veo’ sea un halago. Sin importar la edad.

Fuente: El País

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