Una investigación francesa identifica asociaciones entre la ingesta de estos aditivos y el riesgo de cáncer, lo que reabre el debate científico y regulatorio.
Los conservantes alimentarios están presentes en una gran variedad de productos del supermercado, desde panes de molde y salsas hasta carnes procesadas, e incluso en muchos alimentos no ultraprocesados. Su función es prolongar su vida útil, pero persiste la preocupación por sus posibles efectos adversos cuando se consumen de forma habitual.
Ahora, una investigación epidemiológica publicada a principios de año en The BMJ analiza por primera vez la relación entre el consumo acumulado de un amplio abanico de conservantes y la incidencia de cáncer. Basándose en datos de unos 100.000 participantes de la cohorte francesa NutriNet-Santé, seguidos de media unos siete años y medio, el trabajo identifica asociaciones entre la ingesta de aditivos ampliamente utilizados —como el sorbato potásico, el metabisulfito potásico, el nitrito sódico, el nitrato potásico, el ácido acético o el eritorbato sódico— y una mayor incidencia de cáncer en general, así como de cáncer de mama y de próstata. No obstante, los autores recalcan que son necesarios estudios adicionales para confirmar estas asociaciones.
El aumento del riesgo observado es modesto, como subraya el editorial que acompaña al estudio, firmado por dos investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard. En términos absolutos, a los 60 años sería del 13,3% entre quienes consumen más conservantes frente al 12,1% entre quienes consumen menos, lo que equivaldría a unos 12 casos adicionales de cáncer por cada 1000 personas. Aunque parezca poco, el impacto global podría ser relevante, ya que casi toda la población consume estos aditivos con regularidad a lo largo de la vida.
Los editorialistas reconocen la solidez metodológica del trabajo, pero llaman a interpretar los resultados con cautela: al tratarse de un estudio observacional, no permite establecer relaciones causales. Aun así, consideran que los hallazgos son coherentes con datos experimentales previos y refuerzan las recomendaciones de priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados.
Para Clara Joaquín, coordinadora del área de nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) los resultados encajan con una tendencia preocupante. “Aunque en parte me lo esperaba, son sorprendentes. Estamos viendo un aumento de los cánceres y a edades cada vez más jóvenes, y creo que una parte importante tiene que ver con la exposición crónica a lo que comemos”. Aun así, admite que “es complicado eliminar todos estos conservantes de la dieta”.
Diferencias entre conservantes antioxidantes y no antioxidantes
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores —de varias universidades francesas e instituciones como la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), el INSERM o el Institut Pasteur— analizaron la dieta de los participantes mediante registros repetidos de 24 horas que cruzaron con bases de datos sobre la composición de productos industriales y con análisis de laboratorio.
El estudio destaca por el tamaño de la cohorte y por ampliar el foco más allá de los aditivos más estudiados. “El eritorbato o los acetatos apenas se habían tenido en cuenta, y los sulfitos se han relacionado más con alergias que con cáncer”, apunta Joaquín. En total, evaluó 58 conservantes, agrupados bajo los conocidos códigos europeos “E-XXX”, entre ellos los sorbatos (E200-203), los sulfitos (E220-228) y los nitratos y nitritos (E249-252). Uno de los retos fue que muchos se consumen en alimentos que ya se vinculan con mayor riesgo de cáncer per se, como las carnes procesadas —caso de nitratos y nitritos— o las bebidas alcohólicas, como el vino —el de los sulfitos—, lo que dificulta aislar el efecto específico del aditivo del asociado al propio alimento o sus otros componentes.
Los investigadores engloban los conservantes en dos grandes grupos con niveles de riesgo diferentes. Por un lado, una mayor ingesta de conservantes no antioxidantes —los que impiden el crecimiento de microorganismos— se asocia con un aumento del riesgo de cáncer en general. En este grupo también observaron asociaciones con cáncer de mama y de próstata para algunas familias de aditivos —como sorbatos, sulfitos o acetatos— y para compuestos concretos como nitratos o nitritos.
Estos dos últimos pueden transformarse en el organismo en nitrosaminas, carcinógenas en animales y consideradas potencialmente carcinógenas en humanos, lo que llevó en 2023 a la Comisión Europea a reducir sus niveles permitidos.
En cambio, los conservantes antioxidantes —que evitan la oxidación, como los ascorbatos (vitamina C) o los tocoferoles (vitamina E)— no se asociaron con el cáncer en general. La excepción fue el eritorbato sódico (E316), empleado para mantener el color rosado en carnes procesadas como hamburguesas, salchichas o embutidos, y en algunas bebidas, que sí se asoció con mayor incidencia de cáncer.
Los investigadores consideran, por último, que sus resultados deberían incentivar a la industria a limitar el uso de conservantes y reforzar políticas públicas que faciliten el acceso a alimentos frescos, de temporada o mínimamente procesados. También recuerdan que “los médicos de atención primaria y los dietistas podrían desempeñar un papel clave a la hora de trasladar estas recomendaciones”.
Fuente: El País






