La detección reciente de plomo en productos alimentarios de consumo habitual vuelve a poner el foco en una exposición que sigue causando millones de muertes y daños neurológicos en niños en todo el mundo.


La reciente aparición de plomo en proteínas en polvo, compota de manzana y otros alimentos de uso común ha vuelto a evidenciar que esta sustancia, considerada una de las más tóxicas del planeta, continúa presente en el entorno cotidiano. Estos hallazgos subrayan que la exposición al plomo sigue siendo una amenaza global y no un problema limitado a los países en desarrollo.

De acuerdo con entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición puede provocar desde alteraciones neurológicas y problemas de aprendizaje hasta daños renales y cardiovasculares. Incluso dosis bajas pueden tener consecuencias graves e irreversibles en el desarrollo cerebral de los más pequeños, lo que ha motivado la recomendación de controlar y reducir al máximo el contacto con plomo en la dieta y el entorno.

“Los estadounidenses suelen pensar que hemos resuelto el problema del plomo”, señala Stephen Luby, investigador principal del Proyecto Unleaded, una iniciativa de la Universidad de Stanford con sede en el Centro para la Salud Humana y Planetaria, dedicada a identificar y eliminar las principales fuentes de intoxicación por plomo en todo el mundo. “Esto no es cierto en absoluto”.

A nivel global, la exposición al plomo provoca aproximadamente 5 millones de muertes al año y ocasiona daños cerebrales permanentes a unos 800 millones de niños. Entre sus efectos se incluyen la reducción del coeficiente intelectual y las dificultades de aprendizaje, con un impacto económico que supera el billón de dólares anuales a escala mundial. Pese a estas cifras, hasta hace poco el problema recibía menos del 1 % de los fondos destinados a enfermedades como la malaria o la tuberculosis.

“Cuando se detectan niveles elevados de plomo en sangre en una población, es una señal de exposición reciente o continua que causará daños a largo plazo”, explica Jenna Forsyth, directora del Proyecto Unleaded. “Por eso es tan importante la prevención: encontrar y eliminar las fuentes antes de que se produzca la exposición”.

Luby comenzó a investigar la exposición al plomo en Bangladesh en 2013. En colaboración con sus colegas del Centro Internacional para la Investigación de Enfermedades Diarreicas de Bangladesh, Luby descubrió que más del 30 % de las mujeres embarazadas de las zonas rurales tenían niveles elevados de plomo en sangre, pero la fuente seguía siendo un misterio.

«No había respuestas obvias», apuntó Luby. En el campo no había fábricas que emitieran plomo. La gasolina con plomo había sido prohibida. La pintura con plomo era poco común porque pocos residentes pintaban sus casas. Cuando Forsyth se unió al proyecto como estudiante de doctorado en 2014, aportó su formación en ingeniería medioambiental y su instinto detectivesco para seguir pistas. Descartó los pesticidas de arseniato de plomo después de recoger y analizar cientos de muestras de pesticidas. De vuelta en Stanford, en colaboración con el químico del suelo Scott Fendorf y otros colegas, el equipo apostó por un enfoque diferente: examinaron la cadena de suministro alimentario.

Las pruebas realizadas a muestras de cúrcuma de Bangladesh revelaron la respuesta. Algunas contenían niveles de plomo hasta 500 veces superiores al estándar nacional. Las entrevistas con agricultores y procesadores permitieron rastrear la práctica hasta los incentivos económicos: los procesadores podían obtener precios más altos por la cúrcuma de color amarillo más brillante, por lo que añadían un potente pigmento industrial que contiene plomo. La mayoría de los procesadores desconocían los posibles efectos sobre la salud. «La gente está consumiendo sin saberlo algo que podría causar graves problemas de salud», alertó Forsyth.

El éxito en la identificación y eliminación de la principal fuente de exposición al plomo en Bangladesh ha inspirado una mayor atención a la lucha contra la exposición al plomo. Las recientes donaciones, entre ellas las de Coefficient Giving, una organización estadounidense que concede subvenciones, permitirán a los investigadores de Stanford y a sus colaboradores locales realizar estudios a nivel de población en varios países y desarrollar métodos asequibles de detección de plomo que abarquen aplicaciones que van desde las especias contaminadas hasta los medios ambientales, como el suelo, el aire y los puntos críticos industriales.

Las prioridades del equipo incluyen estudios de atribución minuciosos en múltiples lugares con niveles elevados de plomo en la población para aclarar y centrar los esfuerzos de intervención, así como el desarrollo y la evaluación de intervenciones para reducir estas exposiciones. Forsyth, Luby y sus colaboradores en Stanford y organizaciones como UNICEF, Pure Earth, el Proyecto de Eliminación de la Exposición al Plomo, el Centro para el Desarrollo Global y universidades de todo el sur de Asia están trabajando para identificar los productos contaminados, eliminar la exposición y concienciar sobre el plomo como un problema crítico para el desarrollo.

El trabajo requiere navegar por complejas fuerzas políticas y económicas. En muchos países, persisten las industrias contaminantes e informales y no se aplican las regulaciones. Para crear un cambio sostenible será necesario cambiar los incentivos del mercado y desarrollar la capacidad del gobierno para regular las industrias. «Necesitamos más investigación estratégica para avanzar en soluciones que reduzcan la exposición al plomo a nivel mundial, incluso en un contexto de recursos limitados, y estamos encantados de basar este esfuerzo en el nuevo Centro para la Salud Humana y Planetaria», afirmó Forsyth. «La contaminación por plomo supone una enorme carga para la salud mundial, pero una investigación interdisciplinaria cuidadosa y colaborativa puede hacer visible esta toxina invisible y proporcionar un camino hacia un futuro saludable», concluyó Luby.

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