Los tratamientos farmacológicos han mejorado el control de la glucosa, pero el verdadero desafío está en prevenir el desarrollo de la enfermedad. En nuestro país, la prevalencia sigue en aumento y los cambios estructurales en el estilo de vida siguen siendo una deuda pendiente.

Durante años se habló de la diabetes como si se tratara de una única entidad clínica. Hoy, al igual que ocurre con el cáncer, se comprende que se trata de un conjunto de enfermedades diferentes que comparten una característica común: la hiperglucemia, es decir, el exceso de glucosa en sangre. Bajo ese nombre, se agrupan condiciones diversas, con causas y mecanismos distintos, pero un mismo desenlace metabólico.

Actualmente, se identifican tres tipos principales de diabetes:

Diabetes tipo 1: de origen autoinmune. El sistema inmunológico destruye las células beta del páncreas que producen insulina. Requiere tratamiento con insulina desde el diagnóstico y representa aproximadamente el 10% de los casos.

Diabetes tipo 2: es la más frecuente y está asociada a factores como el sobrepeso, la obesidad, el sedentarismo y la predisposición genética. El cuerpo continúa produciendo insulina, pero las células dejan de responder adecuadamente a la hormona. Representa el 90% de los casos y su tratamiento suele combinar cambios de estilo de vida con medicación.

Diabetes gestacional: aparece durante el embarazo, habitualmente en el segundo o tercer trimestre. Si bien suele remitir luego del parto, incrementa el riesgo futuro de desarrollar diabetes tipo 2 en la madre y en el niño.

Estas enfermedades son crónicas y requieren un manejo continuo. Aunque los avances terapéuticos han permitido un mejor control de la glucemia, la estrategia médica centrada exclusivamente en la medicación puede resultar insuficiente.

Más medicamentos, menos prevención

Un reciente estudio advierte sobre un fenómeno global: la confianza creciente en los fármacos como respuesta casi exclusiva a una enfermedad que, en muchos casos, es prevenible. Aunque los medicamentos de última generación, como los agonistas del GLP-1, han demostrado eficacia tanto en el control de la glucosa como en la pérdida de peso, no abordan las causas estructurales del problema.

De allí surge la necesidad de incorporar enfoques alimentarios basados en evidencia al manejo integral de la diabetes, sin reemplazar, pero sí complementando la terapéutica farmacológica.

El panorama argentino

En nuestro país, la situación es preocupante:

Prevalencia nacional: 12,7% de la población vive con diabetes, según la 4° Encuesta Nacional de Factores de Riesgo y datos de la OMS.

Número estimado de personas con diabetes: más de 4,5 millones.

Proporción de diabetes tipo 1: alrededor de 450.000 personas, según estimaciones de la Asociación CUI.D.AR.

El país forma parte de la región SACA (Sudamérica Central) de la Federación Internacional de Diabetes, una de las zonas del mundo donde más crece esta enfermedad. A pesar de los avances terapéuticos y la disponibilidad de nuevos medicamentos, los indicadores siguen en aumento.

Actuar antes de que aparezca

Para frenar esta tendencia, es fundamental adoptar una estrategia que vaya más allá de la prescripción. La prevención debe ser el eje con políticas públicas orientadas a la alimentación saludable, la actividad física regular, la detección precoz y el acceso igualitario a tratamientos efectivos.

La experiencia reciente demuestra que hay alternativas complementarias a la medicación que pueden ser seguras y eficaces. La educación en salud, el acompañamiento sostenido y la innovación nutricional deben formar parte del nuevo paradigma. La diabetes no siempre se puede evitar, pero sí se puede anticipar y controlar de forma más completa cuando se entiende como un fenómeno social, ambiental y médico a la vez.

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