La salud del cerebro durante y después de un accidente cerebrovascular está estrechamente ligada al ecosistema microbiológico del intestino.

El accidente cerebrovascular, ACV o ictus se ha interpretado tradicionalmente como una lesión de origen estrictamente vascular confinada al tejido cerebral. Sin embargo, la investigación del eje intestino-cerebro está demostrando que las secuelas y la gravedad del daño cerebral tras un evento isquémico dependen de una compleja comunicación sistémica, donde el microbioma intestinal desempeña un papel clave.

Un estudio publicado por investigadores del Instituto de Investigación sobre Ictus y Demencia de Múnich ha demostrado que la gravedad de un accidente cerebrovascular (ictus) no depende únicamente de lo que ocurre en la cabeza, sino también de la salud y actividad de nuestro intestino. Al analizar qué pasa tras un ictus grave, los científicos descubrieron que ciertas bacterias intestinales aumentan en cantidad y producen una sustancia capaz de empeorar el daño cerebral.

Estas bacterias contienen un gen específico que convierte los nutrientes que consumimos en la dieta (como las proteínas) en un compuesto llamado indol. En condiciones normales, este compuesto interactúa con las células del sistema inmunitario que patrullan el intestino, pero tras sufrir un ictus, esta interacción termina «bloqueando» las defensas naturales del cuerpo e impidiendo que actúen adecuadamente para proteger al cerebro.

Cuando los investigadores desactivaron experimentalmente ese freno biológico en las células de defensa, estas reaccionaron de forma totalmente distinta: viajaron directamente desde el intestino hacia las membranas que recubren el cerebro (las meninges) y activaron defensas protectoras que ayudaron a reducir el tamaño de la lesión cerebral. Esto confirma que el intestino tiene un papel activo en coordinar cómo se defiende el organismo tras un daño en el cerebro.

Al analizar a pacientes humanos con ictus isquémico en colaboración con equipos de Barcelona y Lausana, los expertos confirmaron que las personas que tenían una mayor presencia de estas bacterias productoras de indol presentaban una peor recuperación funcional. Además, se observó que este tipo de bacterias suele ser mucho más abundante en personas que sufren de obesidad o diabetes tipo 2.

Este hallazgo abre la puerta a nuevas formas de medicina preventiva y tratamientos post-ictus. En el futuro, modificar la alimentación, proteger la flora intestinal o frenar la producción de estas sustancias nocivas podría convertirse en una estrategia clave para preparar al cuerpo, reducir las secuelas de un accidente cerebrovascular y mejorar el pronóstico de los pacientes.

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